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Trafigruas se dedica a la compra y venta de grúas usadas.

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grúas de ocasión

 

 Venta de grúas Trafigruas

La grúa era un artefacto, perteneciente al reino de la estridencia, cuya actuación se limitaba a la zona de los puertos, y al espacio de la industria llamada pesada. Imaginar una grúa andante por calles era imaginar fantasías sin posible realidad. La grúa no era convivible cotidianamente, sino por aquellos hombres que alientan en pleno ajetreo, en movilización de pesadísimos materiales o mercancías. La grúa fue siempre estampa de poder, criatura venerada y llevada al arte en gracia a su garabato móvil, desde un cuerpo inverosímil. Pero ha venido un tiempo nuevo para las grúas, con la apertura de un inmenso mundo ciudadano, que reclama su actuación. Sin abandonar los puertos y la sestación es la industria pesada y el suburbio fabril, la grúa ha venido chirriante, imponente, electrificada, engrasada, misteriosa y brutal al centro mismo de las ciudades. Ya no hay imagen posible de ciudad sin brazos estirados de altas grúas color naranja chillón. Las hay tan afanosas en su empeño, que trabajan a la luz de un inmenso ojo, encendido en les crepúsculos. Entonces, el brazo de la grúa parece aludir «misteriosamente a esas manos de los primitivos frescos, con videntes pupilas en todas las falanges de sus dedos expuestos. Cuando les llega a las grúas el toque de queda, las hay que descansan empinadas, vigilando satélites, sin duda; otras, más perezosas, conservan su posición horizontal; posturas son hijas del capricho acerado Hay grúas para todos los gustos y para todas las obras. Son las que nos construyen el futuro inmediato y externo; son las que nos liberan de un pasado en derribo. Las grúas alzan altas casas tiritañas, pero de buen ver y seguras de habitar. Para construir a ritmo de  los nuevos barrios, sólo hacen falta un manojito de materiales livianos y unas buenas grúas pesadas y forzudas, resistentes a prueba de toda jornada. Esta es la ley de vida en la ciudad. Existía una raya fronteriza entre campo y ciudad, mareada por el suburbio. Pero vino la grúa, y ya todo fue pura urbanización con latido rechinante. Repelido por la ciudad, el campo dejó al marcharse desmontes perfectamente construibles. No se sabe si el campo se alejó de la ciudad por temor a la grúa, o si la grúa luchó a brazo partido con el campo y lo venció. Lo cierto es que se tenía por imposible poner puertas al campo, y la grúa le ha puesto además de puertas, ventanas sobre ventanas. Ya estamos hechos al estilo y al ritmo grúa, los de la ciudad. Ni siquiera levantamos los ojos al pasar bajo su gigante brazo. Tampoco intentamos ya ver el avión que puebla de tormenta arrítmica el cielo. Sí nos paramos, a veces, para tragarla pastilla que nos ayude a seguir circulando por la enervante ciudad construida siempre a medias. Pero los ciudadanos somos recios, y seguros, como ese hormigón prensado y prefabricado que a mí me fascina, me parece irreal, criatura de ficción. Los ciudadanos somos capaces de pasar por las vaquerías de la ciudad y compadecerá las vacas, sin recordar a los alcaldes; de pasar bajo la grúa cargada, y pensar cómo facilita subrazón la mano de obra; si sobre vuela nuestra paz un reactor, alabamos a Dios que nos dio habilitar el aire para nuestras necesidades. El garabato de nuestro sentir sabe ponerse a ritmo del trabajo grúa.

Artículo de: Carmen Castro

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